viernes, 3 de mayo de 2013

El pasado y el presente

Ya nos previno Nietzsche sobre el peligro de anquilosarnos en la historia. La historia es, como las bayonetas de Napoleón, algo que sirve para muchas cosas menos para sentarse sobre ella.

Amamos la historia por sus hechos, por la continuidad con el presente, por sus personajes, por el más que nunca necesario culto a los muertos. Sin embargo cuando todo es historia congelada, la vida se frena y entramos en una especie de limbo esotérico. Queremos volver el reloj atrás y este insiste en no volver. 

Es que lo que ha sido tiene una esencia inmutable y eterna, pero necesita un devenir dinámico y conducente que debe operar en orden a la realidad, a unos elementos que mutan en el tiempo y en el espacio. Esa tarea política y sutil puede hacerse sólo cuando "estamos en forma" como decía Spengler. Y nosotros no estamos en forma, la hemos perdido. Y hablo de política y cultura, de arte y estética, de voluntad y de objetivos. 

Creamos un ghetto porque la mierda del mundo amenaza taparnos, queremos construir un dique como  forma de defensa natural, pero no nos damos cuenta de que eso sólo adelanta nuestro fin. Todo lo que hacemos y decimos debe ser dicho y hecho para sostenerlo en cualquier parte, en cualquier sitio público. Por eso debemos decirlo "políticamente" situados en los hechos presentes, no en los pasados.

Renovar sin traicionar la continuidad de lo esencial es lo más difícil, pero vale la pena intentarlo.
 
Juan Pablo Vitali

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