Ya
nos previno Nietzsche sobre el peligro de anquilosarnos en la historia.
La historia es, como las bayonetas de Napoleón, algo que sirve para
muchas cosas menos para sentarse sobre ella.
Amamos la
historia por sus hechos, por la continuidad con el presente, por sus
personajes, por el más que nunca necesario culto a los muertos. Sin
embargo cuando todo es historia congelada, la vida se frena y entramos
en una especie de limbo esotérico. Queremos volver el reloj atrás y este
insiste en no volver.
Es que lo
que ha sido tiene una esencia inmutable y eterna, pero necesita un
devenir dinámico y conducente que debe operar en orden a la realidad, a
unos elementos que mutan en el tiempo y en el espacio. Esa tarea
política y sutil puede hacerse sólo cuando "estamos en forma" como decía
Spengler. Y nosotros no estamos en forma, la hemos perdido. Y hablo de
política y cultura, de arte y estética, de voluntad y de objetivos.
Creamos un
ghetto porque la mierda del mundo amenaza taparnos, queremos construir
un dique como forma de defensa natural, pero no nos damos cuenta de que
eso sólo adelanta nuestro fin. Todo lo que hacemos y decimos debe ser
dicho y hecho para sostenerlo en cualquier parte, en cualquier sitio
público. Por eso debemos decirlo "políticamente" situados en los hechos
presentes, no en los pasados.
Renovar sin traicionar la continuidad de lo esencial es lo más difícil, pero vale la pena intentarlo.
Juan Pablo Vitali
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