miércoles, 24 de abril de 2013

Labradores

"Hoy mismo, bajo este sopor caliginoso en que todos los egoístas de España sólo aspiran a la siesta, hay pueblos y pueblos españoles abrasados, sin una hoja de árbol que temple la ferocidad del clima, en los que no es posible beber un vaso de agua que no sepa a sal o podredumbre. Y nada de eso puede remediarse a paso conservador (…), sino metiendo el arado más profundo en la superficie nacional y sacando al aire todas las reservas, todas las energías, en un empuje colectivo que un entusiasmo formidable encienda y que una decisión de tipo militar ejecute y sirva. Hay que movilizar a España de arriba abajo, ponerla en pie de guerra. España necesita organizarse de un salto, no permanecer en cama como enfermo sin ganas de curar, entre los ungüentos y las cataplasmas de una buena administración".

Haz, núm. 7, 19 de julio de 1935

Estáis hartos de política. Pero todo el asco que se os ha metido en el alma no impide que sigáis en vuestro puesto, callados y sufridos, bajo la helada y bajo el sol, siendo el soporte económico de España y la guarda duradera y profunda de sus esencias espirituales.
Mientras vosotros os extenuáis, acaso, para sacar tres o cuatro semillas por una, el prestamista descansa en la seguridad de que vuestro sudor le asegura los réditos; el especulador sabe que tendréis que venderle la cosecha a cualquier precio para que no se pudra en las trojes; el cacique cuenta con vuestra esclavitud para especular en política, y el político os adormece con promesas para encaramarse sobre vuestras espaldas. Pero ninguno de esos quiere vuestra salvación, porque su medro depende de que sigáis siglos y siglos como ahora. Ninguno de ellos quiere la revolución agraria que España necesita.
Lo primero que hace falta es dotar al campo de mayores recursos económicos. El campo sostiene a la ciudad. Pero la ciudad, en vez de devolver al campo la mayor parte de lo que ésta produce, lo absorbe en el sostenimiento de la vida urbana. La ciudad presta al campo ciertos servicios intelectuales y comerciales, pero se los cobra demasiado caros Así resulta que lo que vuelve de dinero al campo, aunque se venden las cosechas, es apenas suficiente para dar de comer a quienes las recogieron, y, desde luego, insuficiente para emprender nuevas labores. Así resulta que casi todo el campo español recibe un cultivo defectuoso, produce escaso y caro y coloca cada año a los labradores en la misma congoja cuando llega el instante de vender la cosecha. (…)
Todavía, pese a las reformas agrarias que se hicieron pasar ante vuestros ojos, hay muchísima gente en España que vive del campo sin trabajar, que vive de las rentas del campo sin contribuir en nada a que el campo produzca: cobrando la renta como quien cobra un impuesto. Hay, por otro lado, muchísima gente que se ve obligada a labrar durante años, a falta de otra cosa, un terruño seco que apenas le da para sostener su hambre. Y muchísimas tierras que por su mala distribución, por mal cultivo o por avaricia de sus dueños, sostienen a mucha menos gente de la que podrían sostener.
Hay que acabar con eso. Pese a quien pese, sobre la tierra de España tiene que vivir el pueblo español. Y no sobre toda la tierra de España, porque una grandísima parte de ella es inhabitable e incultivable. Es una burla para el campesino elevarle a propietario de un trozo de tierra pedregosa y estéril. No: donde hay que instalar al pueblo labrador de España es sobre las tierras buenas, sobre las que hoy existen y sobre las que se pueden fertilizar con los riegos. España tiene tierras suficientes para mantener a todos los españoles y a quince millones más. Sólo faltan hombres enérgicos que lleven a cabo la bella y magnífica revolución agraria: el traslado de masas enteras, hambrientas de siglos, agotadas en arañar tierras míseras, a los anchos campos feraces.
Para esto habrá que sacrificar unas cuantas familias. No de grandes labradores, sino de capitalistas del campo, de rentistas del campo; es decir, de gente que, sin riesgo ni esfuerzo, saca cantidades enormes por alquilar sus tierras al labrador. No importa. Se las sacrificará. El pueblo español tiene que vivir. Y no tiene dinero para comprar todas las tierras que necesita. El Estado no puede ni debe sacar de ningún sitio, si no es arruinándose, el dinero preciso para comprar las tierras en que instalar al pueblo. Hay que hacer la reforma agraria revolucionariamente; es decir, imponiendo a los que tienen grandes tierras el sacrificio de entregar a los campesinos la parte que les haga falta. Las reformas agrarias como la que rige ahora, a base de pagar a los dueños el precio entero de sus tierras, son una befa para los labradores. Habrán pasado doscientos años y la reforma agraria estará por hacer.
Todo depende de vosotros, labradores. De que sacudáis de una vez vuestra fe en políticos, en charlatanes y en panaceas llegadas del Parlamento de Madrid.
Levantar la vida del campo es levantar la vida de España. Nuestra patria espera el instante de un gran resurgimiento campesino, que será la señal de su nueva grandeza.

Jose Antonio Primo de Rivera
 Arriba, núm. 18, 7 de noviembre de 1935

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