Ésta tierra que desgarra el alma.
Llanuras bajo los pies que dan miedo, montañas escarpadas sobre la
cabeza que dan miedo, una por hacerte grande, otra por hacerte pequeño.
Árboles que luchan por sobrevivir en tierra hostil, en campo añejo, que
claman al cielo eternidad. Un cielo que se mezcla con el horizonte
sembrado, donde el aire libre y sin obstáculos balancea sin piedad esos
campos de trigo, de centeno, pilares antiguos de aquellos viejos hombres
cuya vida giraba en torno a la siembra y al barbecho. Apartados junto a
sus azadas y sus semillas aquellos héroes se marchan, las grúas y el
cemento les roban sus hectáreas, ha llegado la ciudad. Ésta tierra
siempre ha llorado, ahora agoniza. Pero sobrevive, sobrevivirá eterna,
mientras quede un campo con un horizonte que se confunda con el cielo,
mientras pequeños arroyos sigan amamantando a juncos, mientras árboles
centenarios pierdan en otoño sus hojas convirtiendo en mármol el suelo y
en primavera entreguen esperanza para la santa catedral en la que se
convierten las choperas, mientras olmos muertos corones las plazas de
pequeños pueblos, mientras la bóveda celeste del hayedo siga el ritmo
arrebatado del ruido del Tajo, el Espíritu Elevado se rendirá a la
belleza indomable de ésta tierra, pues cuando el hommo se abre en
corazón a ella, ella se revela como la más bella en alma para siempre.
M. Ruiz
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