La burguesía no surgió por un desarrollo «natural» del mercado. Surgió porque se impuso una concepción radicalmente nueva del mundo y del individuo, de lo justo y lo injusto, de lo dichoso y lo desdichado. Hasta entonces el dinero jamás había sido lo primero. Sólo un desdichado, se pensaba antes de la modernidad, podía anhelar la ganancia por la ganancia. "La dicha de los hombres —proclamará por el contrario Antoine de Montchrétien en el siglo XVII— consiste, por encima de todo, en la riqueza". El mundo se convierte entonces en una cosa repleta de cosas. Cosas evaluables y calculables, que tienen un precio, que no valen por sí mismas. Cosas y precios que arrasan los antiguos valores: honor, gratuidad, belleza,coraje, don de sí… El lucro y la utilidad los remplazan.
Escarnecido, denunciado, ridiculizado durante siglos, ya nadie parece hoy cuestionar al burgués. Pocos son quienes le defienden, escasos quienes le atacan abiertamente. Tanto en la derecha como en la izquierda parece ahora considerarse que resulta como anticuado o convencional interrogarse críticamente sobre la burguesía. "Ha desaparecido el modelo del burgués vilipendiado, mientras que, hace apenas diez años, la simple palabra “burgués”resultaba claramente peyorativa —constatala socióloga Beatriz Le Wita—. Se ha convertido en una palabra tranquilizadora". Sin embargo, lejos de ser una clase en vías de desaparición, como opina imprudentemente Adelina Daumard, la burguesía parece hoy corresponder a una mentalidad que lo ha invadido todo. Si ha perdido su visibilidad, es simplemente porque ya no se la puede casi localizar. "El burgués ha literalmente desaparecido —se ha podido decir recientemente—, ha dejado de existir, se ha convertido en el Hombre personificado, y el término casi ya sólo lo emplean algunos dinosaurios a los que acabará matando su propia ridiculez". La palabra, dicho de otro modo, habría perdido su contenido… por tenerlo en demasía. Y, sin embargo, observa Jacques Ellul: "Formular esta inocente pregunta: “¿quién es burgués?” provoca tan grandes excesos en los más razonables, que no puedo creerla inerme y carente de peligro".
Alain de Benoist
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