No tiene sentido decir que los hombres son iguales ante la ley, cuando es la ley mantenedora de su desigualdad.
Quizá la obra educativa que más
urge en el mundo sea la de convencer a los pueblos de que su mayores
enemigos son los hombres que les prometen imposibles.
Decir que los hombres son iguales es tan absurdo como proclamar que lo son las hojas de un árbol.
Nuestro sentido hispánico nos
dice que cualquier hombre, por caído que se encuentre, puede levantarse;
pero también caer, por alto que parezca. En esta posibilidad de caer o
levantarse todos los hombres son iguales.
Nadie es más que otro si no hace más que otro.
La patria es espíritu. Ello dice
que el ser de la patria se funda en un valor o en una acumulación de
valores, con los que se enlaza a los hijos de un territorio en el suelo
que habitan.
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