No cabe duda de
que uno de los foros desde donde más se viene
denunciando la actual configuración de los reality shows es
la prensa periódica. La alarma se encendió
allá en el mes de enero de 1993 a raíz del triple crimen
de Alcácer y su posterior tratamiento televisivo. Desde
entonces han sido frecuentes los artículos,
informaciones, reportajes e incluso editoriales
que han señalado los efectos nocivos para la
salud social que supone la proliferación de
este nuevo género audiovisual que tanta audiencia está
consiguiendo reunir.
El análisis de
esta generalizada postura crítica en la prensa (fundamentalmente
diarios y semanarios de información general) nos
llevará al encuentro de los argumentos más
comúnmente utilizados para descalificar a este
nuevo fenómeno y también a las contradicciones
en que estas críticas incurren en ocasiones. Al
mismo tiempo, el problema debe enmarcarse en un contexto
aún más amplio, también en perpetuo debate: el de la calidad
de los productos televisivos, o de la
televisión en general; cuestión que ofrece muy
diversas ramificaciones, entre ellas la de la
naturaleza, pública o privada, de los distintos
canales y su repercusión sobre la programación y la audiencia;
aunque tampoco deben olvidarse otras cuestiones
íntimamente conexas como la llamada
"tele-basura", el fenómeno de los
"tele-adivinos" o de los "tele-curanderos", la
violencia en películas y dibujos animados, la protección
del público infantil, la agresión publicitaria, etc.
Este panorama
hace pensar que, pese a la evidencia de que deben corregirse
errores de conducta o lagunas legales para la protección
de ciertos derechos que son vulnerados hoy en
día por los reality shows, la
solución de fondo debe situarse en unos niveles
más altos y globales: los de la ética y la
estética televisivas, la consideración del
usuario del medio o telespectador no sólo como un cliente
que engrose la cuota de audiencia o share, sino
como un ser racional que necesita ser informado,
instruido y entretenido y no ser deformado o
pervertido explotando bajos instintos o
excitando su curiosidad por lo morboso. Y menos
aún, claro está, debieran tener cabida en la televisión
pública por razones de su peculiar estatus como servicio
de interés público.
Carlos Barrera
No hay comentarios:
Publicar un comentario