La sociedad está podrida. La gente va de un lado a
otro, pasando de largo sobre cualquier cosa que importe realmente en su
vida. Incluso aquellos que parecen observarla desde fuera porque dicen
no seguir la corriente, y se dan cuenta de la mierda que consume
nuestras mentes y nuestras almas, no terminan de evadirse de la
corrupción que nos bombardea y nos rodea en cada momento de nuestras
insulsas vidas. El tiempo de la espiritualidad, del honor y de la
coherencia ha sido sustituido y nos ha abandonado forzadamente. Ahora
vivimos bajo un orden basado en la mezquindad y el egoísmo, y la
hipocresía es la reina en las relaciones sociales. Y no somos felices.
Muy
pocos son ya los que conservan una pequeña llama interior que
consciente o inconscientemente agita sus conciencias, recordando que en
otro tiempo, aunque el mundo material fuera oscurecido por los males que
azotan a la humanidad desde el principio de su existencia, predominó la
paz interior en los corazones de los hombres, que tenían fuertemente
enraizada la esencia verdadera de la vida, la cual les guiaba hacia la
luz y les enseñaba a despreciar las tinieblas que conforman la oscura
autodestrucción a la que ahora somos propensos.
El valor de lo
material, un valor frágil y pasajero, maligno y tentador, ha borrado de
nuestras conciencias la importancia de lo espiritual y de la
esperanzadora pasión que ello nos infunde a la hora de enfrentarse con
la vida, con los demás y con uno mismo.
Quien vea ciertos estos
razonamientos puede decidir ser sincero con uno mismo y tratar de
mantenerse sobre la época que le ha tocado vivir, o incluso luchar, casi
siempre vanamente, por mantener vivas esas pequeñas llamas que van
perdiendo fuerza y apagándose, tal y como viven y sobreviven los héroes
contra el tiempo.
✠NCR✠
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