La
vieja lucha antiburguesa parte de una error: el de la burguesía
entendida exclusivamente como clase; definida además, abstractamente,
por mínimo límite censatario; definida, incluso, con criterio elástico
pero con persistencia en el método, por uno o más tipos de ocupación;
rigurosamente prolongada mediante la herencia desde el individuo a la
familia, de los nacidos a los nasciturus, porque en la concepción
clasista, los hijos y los nietos del burgués no pueden ser, salvo ruina
económica o inscripción en un partido extremista, otra cosa que
burgueses. Así pues, categoría social y categoría económica; y, al cabo,
casta. El equivoco de tal concepción es múltiple. Se encuentra en la
presunta omnipotencia de la herencia y el ambiente. Se encuentra en la
contraposición sofística de trabajo técnico o directivo, a menudo
simplemente administrativo, frente a trabajo manual. Se encuentra en
elevar la clase, entidad mutable a absoluto político. Se encuentra en el
materialismo económico que ve en el individuo solamente un detentador,
apropiador o productor de riqueza, aboliendo o marginando toda la
inextinguible realidad del hombre. Frente ello se alza la concepción
opuesta, que quiere ver en la burguesía sólo una categoría del espíritu.
No ya clase sino mentalidad, no ya la ocupación sino el modo de vida,
el uso de sí mismo y de sus propios medios, Postura preferible a la
primera, por cuanto tiene en cuenta de ese dato indestructible que es la
personalidad humana, colocando la voluntad y el carácter por encima de
la némesis clasista y de la fatídica nivelación profesional y
considerando el trabajo unitariamente.
Sus
defectos son los de todas las posiciones íntegramente espiritualistas
cuando se aplican a realidades terrenas. Consisten en no tener en cuenta
el elemento económico que a menudo acompaña y se entrecruza en diversos
grados con la valoración espiritual, creando intereses cuyas
resistencias pueden obstaculizar o dañar seriamente un proceso de
renovación. Consisten en pasar por alto el hecho de que toda mentalidad
tiende a hacerse “clase”, por ley de afinidad y ley de defensa, que
alcanzado un cierto nivel de satisfacción el hombre medio busca, quizá
inconscientemente, condiciones propias para aislarse del cuerpo social
en una coalición de hombres medios satisfechos, y que para controlar
este anhelo no bastan las leyes, se precisa de la sensibilidad política
de la Nación. Son también defectos de la antiburguesía espiritual,
excluir o ningunear esa influencia de la herencia y del ambiente que la
antiburguesía clasista exageraba. Porque por ejemplo, no se ha dicho, e
incluso se ha desmentido, que la familia del burgués deba generar
individuos burgueses; pero no por esto se debe negar que la familia
burguesa exista y opere sobre las concepciones de sus hijos. Generosos
defectos, y excesos por reacción, que pueden restarse al juego de
ladinos e interesados agentes. Categorías espirituales y categorías
sociales no se identifican pero se entrelazan; no coinciden pero se
compenetran. En las zonas de intersección del fenómeno burgués será más
manifiesto y producirá mayor daño porque sus medios son mayores y mayor
es el radio de acción.
En
el pensamiento burgués se hallan presentes en primer término el
particularismo de clase y el afán de lucro. Vicios morales, vicios
intelectuales de la burguesía, tienen aquí su origen. Superar la clase
como hecho social y como hecho económico, en la triple realidad del
Estado unitario, de la jerarquía de los valores, de la representación
provisional orgánica, es misión del Fascismo. Aquí reside precisamente
la más cruda y tajante oposición del Fascismo al clasismo capitalista y
al clasismo comunista: términos antitéticos de una misma ecuación.
Superar las clases. Se puede cometer el error de considerarlas ya
superadas. Error, frecuente en las revoluciones, de tomar una realidad
en devenir como realidad efectuada. Error de buena fe y de la fe, de
quien, al haber completado en sí mismo esta superación, atribuye a la
colectividad el resultado que pocos han logrado, No olvidemos, sin
embargo, que la colectividad se compone de individuos que deben, cada
uno, incluyendo todas las eventuales ayudas y sugerencias, establecer
por sí mismos una verdad histórica como verdad moral. El ambiente
político, aun sustentado por heroica disciplina, hace mucho. Pero no lo
es todo. Debe contarse con eso que en cinética se llama variable t : el
tiempo. Tiempo que debe no solamente correr cinéticamente, sino que debe
estar pleno de obras, granado de impulsos, de ejemplos, de normas.
Tiempo que debe ser permanencia; tiempo vivido por la sociedad y a su
través por los individuos, en la práctica de un anticlasismo profundo,
continuo, hecho al fin espontáneo.
Si
Roma no se hizo en un día, nada extraño tiene que el clasismo
sobreviva. Sobrevive arriba y abajo, por utilizar una abusiva topografía
social. Sobrevive en el mismo hecho de que aún, en el lenguaje común
exista un alto y un bajo de la sociedad nacional, siguiendo criterios
inevitables no de valor, sino de censo y de estirpe. Sobrevive en el
“nosotros los pobres” y en el “nosotros gentes de bien”; en los lugares
en los que baila o se sienta a la mesa cierta subespecie de humanidad,
particularmente titulada o particularmente vestida. Sobrevive allí donde
exista rechazo de lo comunitario dentro de la comunidad, y es por esto
típico de la zona meridional donde el Fascismo se ha sobrepuesto a los
“caballeritos” de Giovanni Verga. Decíamos: la variable t. Se debe
también decir que la obsesión por los resultados a alcanzar es mucho más
noble y más beneficiosa, mucho más revolucionaria, que la de los
resultados alcanzados. Que el pesimismo activo vale más que cien
optimismos contemplativos. Sobrevive, el clasismo, tanto en una
infracción empresarial sobre las vacaciones retribuidas como en la
vaporosa palabrería de la mujer de un catedrático que envía a
regañadientes a su hijo al campamento juvenil junto al hijo del bedel.
Tanto en la vil reverencia del dependiente, como en el llamado “pueblo
humilde” del cronista de prensa. Sobrevive en todas partes y así será
mientras no prepondere sobre el valor riqueza el valor hombre.
Fuerzas
vigorosas lo combaten sin descanso. La enseñanza del Duce, también en
esto, impele y ordena. Mussolini, que comparte mesa con los obreros,
para citar solo uno de los infinitos episodios, no permite alternativas a
la conciencia fascista. Ser o no ser. El encuadramiento de la juventud,
el compañerismo militar o la educación sobre el terreno de minorías
crecidas en las guerras fascistas, minorías que son legiones, son
necesarias para desarraigar las pálidas supervivencias de castas
impenetrables. La asistencia como deber social, la asistencia sobre el
plano de la dignidad, del Grupo Regional al jardín de infancia y a las
colonias juveniles, es instrumento anticlasista en acción. Siempre puede
serlo más en la escuela, con el incremento de la formación profesional:
la escuela, donde el punto arduo, la línea Maginot de la mentalidad
clasista, reside en cierto tipo de instituto de enseñanza
media-superior. El sistema corporativo no pretende solo dar al
trabajador la conciencia de productor, convirtiéndolo en parte activa de
la empresa y transformándolo sustancialmente en propietario
responsable; sino, también, mediante la integración sindical de
categorías heterogéneas (mozos, pescadores, músicos, dentro de
“trabajadores autónomos”; tocólogos y abogados, por ejemplo, dentro de
profesionales y artistas; el peluquero y el pulidor dentro del
artesanado) contribuye a la erosión de las vanidades intelectualistas,
de los prejuicios pequeñoburgueses.
Es
preciso intensificar la acción. Intensificarla positivamente incitando
cada vez más a las gentes italianas a hacer vida, trabajo, fiesta en
común; a sentir la solidaridad activa coma si fuera un carácter
adquirido, casi como un don de la naturaleza; a frecuentar el Fascio, el
Grupo, el Descanso Obrero (Dopolavoro), el campamento del pueblo, el
ocio del pueblo, la asamblea del pueblo, el estadio del pueblo, las
vacaciones del pueblo, el espectáculo del pueblo. Aproximar a la
juventud de las escuelas a la vida de las oficinas del campo, de la
mina, al trabajo manual. Compactar las asambleas sindicales, hacerlas
debatir problemas concretos, hacerlas presidir por trabajadores, como ha
sucedido recientemente. Intensificar la acción en su aspecto negativo,
menoscabando las reuniones minoritarias, aireando o asfixiando los
espacios cerrados, el casino de los nobles, el salón de los acomodados,
el café de los literatos, respetando únicamente una soledad, la del que
piensa y la del que sufre, con la firme exigencia de que el pensamiento
no sea separación, con la exigencia cariñosa de que el sufrimiento no
sea sepultura. Golpear los residuos clasistas con todos los medios desde
los disciplinaros a los del ridículo; golpear, reeducar al que hace la
reverencia y al que la exige; vigilar los pequeños detalles que sumados
producen grandes males, y esto es obligación de las jerarquías
periféricas y éstas deben funcionar. Observar a las mujeres,
conservadoras natas, tanto para lo bueno como para lo malo. Hacer al
cabeza de familia responsable, disciplinariamente de cualquier
disonancia clasista de los suyos. Vigilar al señorito de provincias, y
dar armas a quien deba usarlas contra él, si alborota.
Una
sensibilidad escasa en esta materia puede comprometer, anular,
cualquier propaganda. La apologética del régimen es fácil. La educación
en Fascismo es arte difícil. La escuela abierta a todos –excepción hecha
de perezosos e incapaces- en todos sus niveles y grados; las escuela
abierta a todos según las capacidades y no según las capacidades
económicas de la familia: tal es el tránsito obligado para una
antiburguesía que quiera ir hasta el fondo. Mientras que el profesional
sea hijo del profesional, el espíritu burgués expulsado de las calles
hallará refugio en los hogares, la acción política deberá emplear la
mitad de sus recursos en deshacer los prejuicios domésticos y la familia
quedará fuera del radio de acción fascista. O escuela abierta o
mandarinato. O escuela abierta o linaje económico. O escuela abierta o
formación clasista de los técnicos de la industria, de los oficiales del
Ejército, de los funcionarios del Estado. O escuela abierta o casta
burguesa. Este es el valor revolucionario de esa Carta Escolar que
garantice hoy al Fascismo la pedagogía de su civilización.
Cuando
se evidencian las insuficiencias y las culpas de la burguesía, es
preciso no incurrir en la deificación del pueblo. Esta demagógica
adulación, a menudo unida a la mortificación expresada en palabras como
“pueblo humilde”, y similares, tiene ciertamente un poco el sabor del
amo que acaricia a su perro. ¿Qué pueblo? Pueblo eres también tú, mi
buen erudito; y si no lo eres o no quieres serlo peor para ti. Ni el
pueblo es incondicionalmente bello, ni tiene incondicionalmente razón;
ni asumirlo como fuerza social primogénita y amarlo como sustancia del
Estado puede implicar como consecuencia que se deba creer en él
ciegamente. Al feudal desprecio del pueblo humilde, a la democrática
exaltación del pueblo-soberano, que admiran en ese pueblo-clase (con el
que se guardan bien, tanto unos como otros, de mezclarse) la fuerza y el
ímpetu de los instintos, hay que responderles que estos instintos,
precisamente porque están vivos, contienen todas las posibilidades de
verdad y de error, de grandeza y de crimen; van, como todos los
instintos, desde la intuición hasta el apetito. Existe un pueblo tal
como lo quiso y en parte realizó el socialismo más vil: existe un pueblo
que mirándose al espejo de la burguesía asume miméticamente sus
atributos, llegando a convertirse en burguesía auténtica; existe un
pueblo que en las revueltas rojas, creyendo con esto ajustar cuentas,
quema y roba a mansalva. Existe, en fin, el “pueblo” querido y comenzado
a formar por parte del Fascismo. Ni imitación burguesa ni retrógrada
plebe, sino milicia y trabajo. No clase, sino totalidad organizada de
trabajadores y soldados. Este es para los italianos el índice de
referencia para cualquier valoración del pueblo, que deberá basarse
precisamente sobre la distancia, cualitativa y cuantitativa, de dicho
modelo ideal.
Si
el particularismo de clase pertenece a la burguesía de todos los
tiempos, la mentalidad de lucro perfila el rostro más exacto de la
burguesía en el mundo capitalista. El rentista y el usurero de la
historia antigua, el avaro y el buhonero de la comedia clásica, se
proyectan en el capitalista moderno ampliando la galería tipológica.
Ciertamente no todo el capitalismo es burguesía. Un célebre autor
distingue como componentes suyos el espíritu burgués ordenado,
conquistador, y el espíritu de aventura, de conquista. Partiendo de la
riqueza como valor el burgués llega a la riqueza como patrón único de
referencia, metro de medir hombres y pueblos. La lógica quiere que,
aceptada tal medida, los eventuales comportamientos del burgués sean
tres. El del pobre o rico, siempre descontento que tiende a cumular. El
del pobre que, por falta de iniciativa, renuncia a la riqueza pero que
continúa reconociendo en ella el valor supremo. En el primer tipo entra
una parte de la nobleza decadente, en el segundo el emprendedor como el
aventurero, el tercero es aquel –psicológicamente hablando- del pequeño
burgués. Los despilfarradores, categoría muy compleja, ponen en
circulación riqueza acumulada, a menudo en beneficio del segundo tipo.
Finalmente, puede ser interesante bajo el aspecto étnico o social la
preferencia por la riqueza mueble o inmueble. Pero más importante
resulta la preferencia del empleo de esta riqueza, proceda del lucro o
sea hereditaria. Mientras tanto, el tipo que llamaremos burgués
integral, adquirida la riqueza no quiere o no sabe, aplicarla a la
producción. Digo esto de modo relativo, entiéndase. Si se trata del
medio rural, continuaran produciendo: sólo que el patrón no se ocupará
para nada ni del rendimiento de la empresa ni de su equilibrio social.
Continuará, en un régimen de economía libre, gozando del “sagrado”
derecho de propietario dejando para los descendientes el chaparrón. Caso
claro: parásito integral.
Desde
aquí, mediante grados intermedios, se llega al propietario productor
(de mercancías o de servicios o de créditos) y, caso especial, al muy
presunto “dador de trabajo”; el camarada Omero del Valle la ha
emprendido contra este paternalístico “dar trabajo” a gente que ofrece
los brazos o el cerebro, y tiene razón. Se presenta rápidamente la
interrogación: ¿existe interferencia entre el dador de trabajo y el
burgués? El marxista responde que no solo existe interferencia sino
coincidencia, los burgueses son, para él, o patrones o parásitos o gente
que se lava el pescuezo, o mejor aún: todo esto a la vez. El fascista,
partiendo del concepto de burguesía ante todo espiritual, no puede
admitir coincidencias de este género. Sin embargo debe reconocer también
las interferencias y valorarlas. Pero debe también, reconocer que el
temperamento burgués, diseminado en todas las categorías y en todos los
oficios, encuentra en un determinado nivel económico las condiciones más
favorables para prosperar y para destruir. La culpa, hay que decirlo y
repetirlo, no es de los individuos, salvo obviamente las culpas
concretas de quien las tengan. La culpa de ese prosperar y de ese
destruir está antes que nada en la riqueza tomada como valor
fundamental, dotada de poder y asumida como ideal de vida. Atención
pues, espiritualistas, al puro espíritu burgués. Atentos a que el
espíritu no se convierta en humo; y que no permanezca triunfante sobre
el escenario de la mentalidad de lucro con grandes beneficios a un lado,
y grandes retribuciones a otro.
“Acortar
las distancias”. El actual desequilibrio de beneficios de dador de
trabajo y los del prestador de mano de obra dentro de la misma empresa
es burgués, pues implica disparatadas diferencias de nivel de vida, con
su inevitable desahogo de supersticiones sociales; y porque da razones a
la mentalidad lucrativa, a la riqueza en función no ya económica (esto
es, orientada exclusivamente a la producción) sino social, es decir,
mantenedora y creadora de distancias. La comprensión, la buena voluntad
de las dos partes puede hacer mucho, pero no bastan para abatir los
muros levantados por el privilegio económico. El concepto mismo de
salario es burgués, porque reduce al mínimo cualquier participación real
del trabajador en una producción que se traduce económicamente para él
en un tanto fijo. El salario es el trabajo-mercancía. La alta y la
mediana burocracia presentan el espectáculo del máximo beneficio sin
correr siquiera los riesgos empresariales. Muchos pretenden encaminar
allí a sus hijos y crear, con la habitual razón de una posición segura,
un nido de burgueses. La burguesía es también categoría social. Mejor:
la categoría espiritual burguesía, presente por doquier en la sociedad,
tiende a coagularse en una categoría social donde se encuentran ya sus
elementos más afortunados. Ciertamente, la categoría espiritual
burguesía no es una cota económica.
Puede
ocurrir que la mentalidad de lucro no sea eliminable de la naturaleza
humana. Es verdad. Es verdad que debe ser combatida y limitada, so pena
de permanecer sometidos al ideal antiheróico y antifascista de la
riqueza como valor supremo. Esto no se puede hacer (salvo en mínimas,
pedagógicas, dosis, y para minorías, no para un pueblo) mientras se
admita el enriquecimiento ilimitado o incluso el casual. Medítese sobre
la moralidad de una lotería millonaria. No creo en la eficacia de una
obra educativa separada de aquella otra legislativa o viceversa. Los
valores no se invierten por la persuasión. Sobre todo dar al pueblo la
sensación de que la riqueza no es ni todo ni mucho. Pero, para ello, es
preciso que la riqueza privada valga poco; que sirva para poco; que
mediante ella solo se obtenga poco, tanto en el orden de los bienes
materiales, como en el campo de la autoridad sobre los hombres. El
lector captará que henos llegado a un punto en el que educación y
legislación, organización social de la riqueza y valoración de los
hombres, formación de las jerarquías y condiciones de vida del
trabajador, se encuentran y se entrelazan en el núcleo unitario de una
sociedad fascista, de una civilización mussoliniana , de un estilo
finalmente italiano, tras siglos de feudalismo extranjero, de todas las
importaciones bárbaras. Dos son las directrices de un único camino. El
privilegio económico debe disminuir. La jerarquía social no debe basarse
en el privilegio económico. Directrices convergentes para el final de
la burguesía, que será, también, el final del proletariado. Directrices
sobre cuyo camino pueden alzarse bastillas patrimoniales, pero ninguna
de estas inexpugnable para la Revolución.
Bajo
el aspecto de las interferencias entre categoría espiritual y categoría
social puede verse, comprobarse, como incide el espíritu burgués en la
demografía. Es propio de una casta espiritual, pero particularmente
preponderante a cierto nivel económico, el dogma de “hacerse una
posición” antes de tomar esposa. Resultan más frecuentes a cierto nivel
económico los casos de limitación de nacimientos, porque los embarazos
deforman la línea; porque los hijos de algunas familias deben, por
inclinación paterna, emprender costosos estudios; porque demasiados
hijos dividen la herencia familiar; porque, en definitiva, la vida debe
ser placentera, para estos hijos y para estos progenitores. Ocurre sobre
todo a cierto nivel económico que la familia, de miembro del Estado se
convierte en rebelde al Estado.
El
burgués ante los valores políticos esenciales. La posición del burgués
ante el “hecho” Nación es variable. En general, un reconocimiento a
menudo ostentoso, con el sobreentendido de servirla mientras les sirva a
ellos; y con numerosas inclinaciones hacia un internacionalismo sea de
ideas como de gustos o intereses: internacionalismo de la nada que es el
justo opuesto a la centrada universalidad italiana. Pero la Nación no
es solo “hecho”, es “acto”, o sea construcción consciente, voluntaria,
unánime, de una realidad que transciende individualidades y que exige la
abnegación reiterada, cotidiana. La pasividad política del burgués se
hace aquí patente. Su escaso coeficiente de cohesión social no le
permite alegrías. El burgués es el anti-sacrificio.
Frente
al instituto de la Dictadura el burgués se pliega pero, más que la
soberbia es la envidia la que salta de las pupilas y le carcome las
palabras. Son los efectos de un rechazo; es reconcentrado, el
aborrecimiento de una adaptación. Negado las más de las veces para el
sentimiento de superioridad, negado siempre para reconocerla
sinceramente, el burgués quiere discutir, sufre de no poder discutir por
discutir. Su semicultura es por definición la negación de la fe, pero
que a él le otorga la ilusión de poderlo juzgar todo improvisándose
economista, hombre de estado, estratega. El burgués es el
anti-obediencia. El burgués que viste uniforme no llega nunca a
comprender la necesidad real y la virtud de seguir una orden, cualquiera
que sea, dada por quien sea. Esto le sucede porque, en su atomismo, no
existe una jerarquía de referencia: una jerarquía justa que redima, que
discrimine, a la injusta.
El
burgués ve a los enemigos en forma de peligros. Existe un peligro
comunista, pero ver el comunismo bajo el aspecto del peligro es típico
del burgués de derecha, mientras que en el burgués de izquierda sucede
otro tanto con relación al Fascismo. El Fascismo es ofensiva. El
Fascismo es y quiere ser no un peligro, sino el peligro para el mundo
burgués y para sus rojos derivados, para el mundo del valor-riqueza. El
ideal del burgués es aquel de la política francesa tras 1919: la sûreté.
También llamada vida cómoda.
Un
solo valor estético ha creado el burgués, a saber: la “distinción”. En
el comportamiento, en el vestir, hacer y hablar, el burgués tiende hacia
el tipo ideal de la categoría. En las artes y en la literatura se
refleja mediante la preferencia por el brillante mediocre, el patético
superficial, el decadente vaporoso, el garboso un poco excéntrico.
Distinguido de distinguir. La estética del burgués es clasista como su
ética política.
La
lucha antiburguesa, de la que existen antecedentes incluso medievales,
fue alternativa y simultáneamente de izquierda y de derecha, de estirpe y
de cultura. Fue de los socialistas, de los artistas, de los militares,
de los nobles, del clero. Fue también de los burgueses audaces. Tuvo en
todas sus variedades, motivos justos y acentos felices. Pero ninguno de
estos antiburgueses supo ver, además de la clase, sobre todo el
espíritu. Quedan, de estas luchas, fragmentos útiles. Nada más que
fragmentos. La misma moral del superhombre fue usurpada, viciada por
decadentes aburguesados y por burgueses de vanguardia a la búsqueda de
fáciles instrumentos de dominación. Para la polémica antiburguesa del
Fascismo viene bien prefijar objetivos visibles e incluso anecdóticos,
pero hay que evitar perderse en lo exterior, evitar la ignorancia del
hecho económico. Es preciso llevarla adelante por la fuerza. “Tocar los
intereses”.
La
antiburguesía fascista debe, sobre todo, no ser sólo polémica. Debe ser
construcción, educación. El burgués no existe únicamente en estado
puro. El burgués está en nosotros, en cada uno de nosotros, con sus
renuncias y sus ambiciones, sus sutilezas y sus dudas, su particularismo
individual, familiar, de casta, su sed de riqueza, su –especialmente-
miedo a la pobreza; su miedo a ser valiente; su carga de caprichos; su
ducha tibia de conformismo; su lejanía de la vida física y de ese punto
de naturaleza que requiere el hombre civil para que la civilización no
se deforme en la más mezquina barbarie. La lucha antiburguesa es, así,
en su significado más elevado, pura experiencia de todos nosotros, uno
por uno, porque sólo una humanidad fascista, en la cual nadie busque
excusas y nadie las encuentre, todos acepten cometidos y todos los
asuman, podrá reconocer la supremacía del espíritu, erradicando de la
vida la riqueza.
Berto Ricci
Traducido: A. Beltrán
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