miércoles, 9 de octubre de 2013

Lazos Sólidos

En este otro mundo que he abandonado, habían demasiadas palabras. Me desesperaba asistir a tal despilfarro porque conservaba el recuerdo del lenguaje avaro que utilizaban mis antiguas familias. Se reflexionaba dos veces, cien veces, antes de pronunciar palabras que son grandes. Así, por ejemplo, nunca me dijeron su amor, y si mi padre hubiera tenido el impudor de declararme: ''Te quiero", creo que me hubiera fundido de vergüenza -por él y por mí- y hubiera huido corriendo. ¡Está enfermo! ¡Me ha dicho: "Te quiero"!
Ese amor, si necesita ser confesado, es que ha dejado de ser natural. ¿Es que un animal confiesa que ama a sus cachorros? Los lame y los calienta. Pero, no, ¡oh, no!, no se les dice a los seres que se les ama. Se piensa, furtivamente, con los labios apretados, porque, para las almas graves, la confesión de amor es siempre algo impúdico. Creo que es bien difícil pronunciar ciertas palabras. Creo que con una mirada basta; o con una mano que se posa sobre un hombro. O el silencio de dos soldados que marchan con el mismo paso. O una palmada. Cuando era pequeño, mi padre venía a despertarme. Me zarandeaba ligeramente. Me decía: "¡Venga, valiente es hora de levantarse!", y luego salía de la habitación en la que quedaba flotando el olor sagrado del cigarrillo. Si me hubiera dicho: "¡Vamos, amor mío"...  ¡No, ¡Imposible! ¡Y ridículo! No se habla tan blandamente a un hombre. Para él, yo era "valiente": en el colegio, en bicicleta cuando me esforzaba en seguirle, en todas partes. Él no conocía un elogio mayor. Valiente. Como una bestia. Durante la guerra de 1914-1918 estaba enamorado de un caballo. Era una magnífica bestia que se llamaba "Pervenche", que le devolvía silenciosamente ese amor pues nunca aceptó ser montada por otro jinete. "Y cada día, cuando el regimiento estaba en Poperinghe, establecía la conexión con el puesto de mando del coronel y atravesaba las líneas boches. Y un día, empezó a acosarme el tiro de una ametralladora. Entonces, dije a Pervenche: '¡Adelante! ¡Vamos a pasar!' Nos abalanzamos. Y bruscamente, siento que vacila y comprendo que ha sido alcanzado. Le doy un golpe de espuelas y le digo: '¡Vamos! ¡Valiente!' Pudimos pasar, y cuando llegamos al Puesto de Mando cayó muerto. Había sido herido aquí (¡Y señalaba una parte de su propio cuerpo!). Le dije al coronel: 'He perdido a Pervenche, mi Coronel: .. Jamás conocí una bestia tan valiente. Jamás. Como diez kilómetros con una bala aquí, ..., aquí, ¿ves?...” Mi hermana, en tono acusador dice: "Sí, pero cuando tú te diste cuenta de que estaba herido, le pinchaste con las espuelas... "Sí; me dije: '¡Mecachis! ¡Está herido!  'Pero era preciso pasar y yo sabía que él era valiente...'

Yo creo en todas estas cosas. Y que los lazos más sólidos no están hechos con cadenas de rosas sino con cuerdas ásperas y rudas de las que se puede tirar.

Éramos campesinos desde hacía siglos, prodigiosamente avaros de confesiones y de palabras. Un campesino lo economiza todo. Incluso los sentimientos. Se planta ante su tierra, ante su caballo, ante la tempestad que va a destrozar la cosecha y mira ante sí, en silencio.

Jean Cau
 "El Caballero, La Muerte y El Diablo" (pags. 41 a 45)

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