En este otro mundo
que he abandonado, habían demasiadas palabras. Me desesperaba asistir a
tal despilfarro porque conservaba el recuerdo del lenguaje avaro que
utilizaban mis antiguas familias. Se reflexionaba dos veces, cien veces,
antes de pronunciar palabras que son grandes. Así, por ejemplo, nunca
me dijeron su amor, y si mi padre hubiera tenido el impudor de
declararme: ''Te quiero", creo que me hubiera fundido de vergüenza -por
él y por mí- y hubiera huido corriendo. ¡Está enfermo! ¡Me ha dicho: "Te
quiero"!
Ese
amor, si necesita ser confesado, es que ha dejado de ser natural. ¿Es
que un animal confiesa que ama a sus cachorros? Los lame y los calienta.
Pero, no, ¡oh, no!, no se les dice a los seres que se les ama. Se
piensa, furtivamente, con los labios apretados, porque, para las almas
graves, la confesión de amor es siempre algo impúdico. Creo que es bien
difícil pronunciar ciertas palabras. Creo que con una mirada basta; o
con una mano que se posa sobre un hombro. O el silencio de dos soldados
que marchan con el mismo paso. O una palmada. Cuando era pequeño, mi
padre venía a despertarme. Me zarandeaba ligeramente. Me decía: "¡Venga,
valiente es hora de levantarse!", y luego salía de la habitación en la
que quedaba flotando el olor sagrado del cigarrillo. Si me hubiera
dicho: "¡Vamos, amor mío"...
¡No, ¡Imposible! ¡Y ridículo! No se habla tan blandamente a un hombre.
Para él, yo era "valiente": en el colegio, en bicicleta cuando me
esforzaba en seguirle, en todas partes. Él no conocía un elogio mayor.
Valiente. Como una bestia. Durante la guerra de 1914-1918 estaba
enamorado de un caballo. Era una magnífica bestia que se llamaba "Pervenche",
que le devolvía silenciosamente ese amor pues nunca aceptó ser montada
por otro jinete. "Y cada día, cuando el regimiento estaba en Poperinghe,
establecía la conexión con el puesto de mando del coronel y atravesaba
las líneas boches. Y un día, empezó a acosarme el tiro de una
ametralladora. Entonces, dije a Pervenche: '¡Adelante! ¡Vamos a
pasar!' Nos abalanzamos. Y bruscamente, siento que vacila y comprendo
que ha sido alcanzado. Le doy un golpe de espuelas y le digo: '¡Vamos!
¡Valiente!' Pudimos pasar, y cuando llegamos al Puesto de Mando cayó
muerto. Había sido herido aquí (¡Y señalaba una parte de su propio
cuerpo!). Le dije al coronel: 'He perdido a Pervenche, mi
Coronel: .. Jamás conocí una bestia tan valiente. Jamás. Como diez
kilómetros con una bala aquí, ..., aquí, ¿ves?...” Mi hermana, en tono
acusador dice: "Sí, pero cuando tú te diste cuenta de que estaba herido,
le pinchaste con las espuelas... "Sí; me dije: '¡Mecachis! ¡Está
herido! 'Pero era preciso pasar y yo sabía que él era valiente...'
Yo creo en
todas estas cosas. Y que los lazos más sólidos no están hechos con
cadenas de rosas sino con cuerdas ásperas y rudas de las que se puede
tirar.
Éramos
campesinos desde hacía siglos, prodigiosamente avaros de confesiones y
de palabras. Un campesino lo economiza todo. Incluso los sentimientos.
Se planta ante su tierra, ante su caballo, ante la tempestad que va a
destrozar la cosecha y mira ante sí, en silencio.
Jean Cau
"El Caballero, La Muerte y El Diablo" (pags. 41 a 45)
No hay comentarios:
Publicar un comentario