martes, 6 de agosto de 2013

La Máscara de Hierro

En uno de los salones de la Logia Thule, el joven de Alejandría, con su mirada de azul centellante, escuchaba las palabras en trance del barón Rudolf Freiherr von Sebottendorff, experto en las prácticas mágicas de la masonería turca, su melena caía sobre su frente ancha, sus ojos cerrados, parecían mirar más allá de los muros cubiertos de panoplias y estandartes, y de pronto dijo en un susurro: –nada te pertenecerá y lo tendrás todo, serás el primero y el último, tus días estarán marcados en el registro de los Ángeles, regresarás al agua y en ella te perderás para encontrarte-.
El joven Rudolf Hess no entendía el sentido de esas frases hilvanadas por el cordón dorado de las revelaciones secretas.
En ese momento Hess, hubiera podido regresar a los prósperos negocios de su padre en Alejandría, no olvidaba el azul concentrado del cielo y la infinitud del mar, la costa extensa y filosa como un puñal, los barcos y sus sirenas tocando en el puerto, tomó de la mano derecha a von Sebottendorff, y agitándola, lo despertó de su huida astral y lo regresó otra vez a Baviera, se preparaba el putsch de 1923 en que intervino siguiendo el poder de un hombre que ya había escuchado su propio destino, una noche a los 16 años, cuando con su amigo, August Kubizek, oyó la ópera profética de Rienzi de Wagner donde se grabó la aurora y el crepúsculo. El tribuno que lucha contra la aristocracia para salvar a su pueblo de la opresión y termina traicionado, devorado por las llamas, en  Roma, lo que ocurriría cuando Berlín cayó abrasado por el fuego.
Mas el joven Hess recibió los saludos rituales que von Sebotendorff sólo daba a quien estaba elegido para el mayor sufrimiento: el gran dolor que purifica, las pruebas de  los sueños rotos, de quien es tratado en su inocencia como verdugo.
Trazó sobre su cabeza el signo de la muerte, el grabado de la calavera, el fulgor del relámpago.
Ese joven, sería al pasar el tiempo el amanuense del libro que algunos réprobos leen aún en sus buhardillas, organizaría las Olimpiadas en Berlín  y llegaría a ser lugarteniente del nombre prohibido, su mayor crimen fue cumplir una operación riesgosa, haciendo un vuelo maestro en un Messerschmitt Bf-100, a baja altura, en plena guerra, cuando en 1941 se preparaba la Operación Barbarroja –la fatal repetición cíclica de la invasión de Napoleón a Rusia-.
En el bimotor acondicionado en que voló sobre Escocia, no logró ver la casa Dungavel, propiedad del Duque de Hamilton, miembro de la Logia Thule.
Se lanzó en paracaídas, descubrió su identidad, trató de entrevistarse con los ingleses para ofrecer la paz; esa era su abominación,  su ominoso propósito, su destructivo afán de deponer las armas.
Encerrado en la Torre de Londres pudo entender que su predestinación se cumpliría, siendo juzgado en Nuremberg, pasaría a ser durante cuarenta y seis años de encierro y más de veinte de habitar solo la Fortaleza-Prisión de Spandau, la última máscara de hierro de la historia.
Ahorcado ritualmente a los noventa y tres años, pretendido suicidio que la autopsia negó, había ya logrado entender las palabras que en siseos escuchara  del barón von Sebottendorff. El agua era el destino que le había anticipado, en esa noche augural en un salón de la Logia Thule en Baviera.    
Destruido Spandau como símbolo del supliciado, enterrado en el cementerio de Wunsiedel, sus restos fueron recientemente secuestrados, incinerados, temerosos sus enemigos de que se convirtiera en altar su tumba  y  arrojado a un lago… en que permanecen indestructibles sus cenizas malditas.

José Luis Ontiveros para TdE

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