El problema del lenguaje
Todo
movimiento auténticamente revolucionario – es decir, portador de
proyectos radicalmente innovadores y originales a todo lo que se ha
experimentado y en todo y por todo heterogéneo y alternativo con
respecto al mundo socio-político en que irrumpe – choca inevitablemente
con el problema del lenguaje.
Esto
sucede porque todo movimiento “nuevo” debe necesariamente hacer uso de
un lenguaje “viejo”, impregnado de la sensibilidad y de la lógica propia
del mundo que se querría subvertir. Por lo demás, no podría proceder de
otra manera: el lenguaje es siempre lenguaje recibido. Observa con
lucidez un filósofo contemporáneo – aunque muy lejano de nuestra
perspectiva – que “un sujeto que fuese el origen absoluto del propio
discurso y lo construyese ‘en todas sus piezas’ sería el creador del
verbo, el Verbo en persona” (1), sería por tanto el Dios de la Biblia
que crea ex nihilo, siendo el “totalmente otro” respecto al mundo,
estando entonces fuera de la historia y del lenguaje. El hombre, en
cambio, es siempre en el lenguaje; una obra de ingeniería lingüística le
resulta completamente imposible, ya que siempre debe actuar con los
“instrumentos” que encuentra en su lugar. Pero actuar con “instrumentos”
pensados para finalidades completamente distintas respecto a las que
uno se ha propuesto no siempre resulta cómodo.
Pensemos en Heidegger-
pero problemas análogos se presentan ya en Nietzsche – que deja
inacabada su obra maestra Ser y Tiempo porque carece de un lenguaje
apropiado; en cierto momento al pensador alemán “le faltan las
palabras”, ya que todas aquellas disponibles están irremediablemente
empapadas de la visión del mundo dominante en Occidente. Pero para que
el problema aquí abordado no resulte excesivamente abstracto e
individualista, pensemos también en todos aquellos movimientos políticos
y culturales que han pasado a la historia con el nombre de Konservative Revolution:
echando un vistazo a los eslóganes, a los lemas, a los títulos de los
libros, a los nombres de los distintos grupos no se puede más que
observar un cierto gusto por el oxímoron, por la paradoja, por la
violación abierta de los cánones y de los esquemas comunes; pensar en un
socialismo que sea también nacional, en una aristocracia que hunda sus
raíces en el pueblo, en una democracia desvinculada de la tutela del
liberalismo plutocrático, en un cristianismo que afirme valores
germánicos (es decir, paganos) – todo esto tiene orígenes de una
muchísima mayor profundidad que un simple anhelo de originalidad.
Detrás
de todo esto, se encuentra más bien la incapacidad de definirse uno
mismo de manera adecuada a través del lenguaje dominante y hay, por
tanto, una voluntad de síntesis, una tentativa de pensar de forma
simultánea lo que siempre se ha concebido como distinto. Un ejemplo más
todavía, pero esta vez más concreto: pensemos en nosotros mismos;
pongámonos en relación con los grandes temas de la actualidad y tratemos
de tomar parte en el debate tal y como nos viene presentado por los
medios de comunicación.
Y
bien, ¿estamos con la retórica angelical, empalagosa, igualitaria e
hipócrita de los pacifistas o con la cruzada a base de Bible &
business de George W. Bush? ¿Estamos contra los bárbaros inmigrantes
islámicos en nombre del Occidente cristiano o somos
filo-inmigracionistas a ultranza, seguidores del cosmopolitismo y del
mestizaje etnocultural? ¿Estamos a favor de la fuga hacia delante del
“desarrollo” neoliberal o a favor del “retorno” a una civilización
neopastoral, fuera de la historia, al estilo de las últimas tribus
africanas? De manera más banal: ¿somos de derechas o de izquierdas?
Estas son las alternativas que nos propone el mundo contemporáneo.
Nuestra incomodidad ante estas es evidente ya que la posición que hay
que tomar nos parece que es siempre una tercera con respecto a las que
nos dan. Eso sucede porque, en la medida en que somos realmente
revolucionarios, usamos un lenguaje diferente. El lenguaje del mito.
El mito
Según
Giorgio Locchi(2), todo movimiento que encarne una tendencia histórica
nueva se presenta bajo forma mítica. El mito, precisamente porque es
“nuevo”, no puede hablar un lenguaje totalmente in-formado por valores a
él antitéticos, y sin embargo no tiene otras formas expresivas a su
disposición; por esto nace bajo el signo de la ambigüedad, su expresión
es la paradoja.
Respecto
a los códigos lingüísticos dominantes la expresión mítica aparece como
herejía, como trasgresión, como unidad de los contrarios. Esto sucede
precisamente en virtud de la violación- más o menos consciente- de la
dialéctica del lenguaje utilizado. El lenguaje que se parasita se
desarrolla y se articula de hecho mediante la institución de parejas de
opuestos y de contrarios- que en el caso del igualitarismo son, entre
otras, cristianismo/ateismo, comunismo/capitalismo,
nacionalismo/internacionalismo, derecha/izquierda,
individualismo/colectivismo, reacción/progreso, etc.- que reflejan la
autorreflexión ideológica del universo político-cultural imperante. La
expresión mítica hace de cortocircuito para esta dialéctica al no pensar
los contrarios ya como tales. Las palabras fundamentales son, por
tanto, “falsificadas”. Significados nuevos se derraman en significantes
viejos. Se tiene así un uso instrumental del lenguaje, que ya no debe
explicar analíticamente, sino que ahora debe evocar, tocar una
sensibilidad profunda que va más allá de la mera razón. La unidad de los
contrarios propia del mito viene dada por los Leitbilder (imágenes
conductoras) de las que habla Armin Mohler (3).
Los
Leitbilder son los mitemas, las unidades primarias de la estructura
mítica, del Weltbild, es decir, de la imagen del mundo. Son símbolos
evocadores, imágenes conductoras de una idea del mundo. La creación y
la difusión de los mitemas instaura un flujo comunicativo, es decir, la
red de las relaciones humanas mediante la cual el mito mismo se dice y
habla. Comunicar es, de hecho, instaurar relaciones, vincularse a otros,
descubrir afinidades o idiosincrasias. Los individuos están
necesariamente abiertos al propio contexto comunicacional; comunicándose
tienden también a re-conocerse, tienden a tomar posición junto a
quienes sienten como afines. La disposición mítica de quien dice el
discurso mítico, en la práctica, tiende a “excitar” la disponibilidad
mítica de quien acoge el discurso. Quien logra situarse como centro de
la estructura de los signos lingüísticos del discurso mítico -para usar
un lenguaje estructuralista precisamente- logra dominar (aunque sólo sea
parcialmente: el lenguaje no se domina nunca como una cosa) el flujo
comunicativo, logra imponerse en la producción de los símbolos y se sitúa como vanguardia metapolítica.
La vanguardia
Por
tanto, dominar el lenguaje. Imponer una lógica nueva que deconstruya
los paradigmas dominantes, que disuelva y vuelva a plasmar las
formaciones. La vanguardia debe distinguirse por “una acción sistemática
y culturalmente eversiva, que trate de introducir en el circuito ideas
‘envenenadas’, que trate no tanto de influir, demostrar, convencer,
organizar burocráticamente, como de chocar, fascinar, crear dudas,
generar necesidades, hacer que crezcan consciencias, producir actitudes y
conductas desestabilizadoras. Debe, en una palabra, hablar y saber
hablar el lenguaje del mito, crear a partir de sí misma su propio
público, atraer plenamente la atención tanto de las tendencias
espontáneas de rechazo político de la realidad del Sistema en sus
variadas articulaciones, como de los arquetipos romántico-fáusticos que
todavía circulan en el inconsciente colectivo europeo” (4).
Chocar
y seducir. Pero para esto es preciso otro estilo, que salga
definitivamente de la ritualidad vacía del nostalgismo, de los eslóganes
manidos, del conformismo sectario. Superar los estereotipos, hablar un
lenguaje nuevo, rechazar las lógicas del Sistema para imponer otras
nuevas, enfrentarse al presente y proyectar el futuro- he aquí nuestro
objetivo. Debemos practicar- como ya hizo brillantemente la Nouvelle
Droite en su periodo de oro- la lógica del terzo incluso (el tercero
incluido): se participa en el debate sosteniendo siempre una tercera
opinión (lógicamente usando la cabeza: innovar por innovar es un
ejercicio estéril) respecto a las posiciones opuestas en que se dividen
los seguidores del Sistema.
De
este modo, se les pone ante un discurso nuevo para el que no están
preparados, se les obliga a tomar posición y a redefinir las
formaciones. Los individuos habituados, por convicción o costumbre, al
discurso dominante nos consideran algo ya previsible, nos asignan de
oficio una identidad compuesta de ignorancia y prepotencia, de nostalgia
e intolerancia, de prejuicio y arrogancia. Nuestro cometido es
sorprenderles, hacer que salten por los aires las lógicas y los ritmos
impuestos, escapar a las clasificaciones y a las etiquetas. Lo que
importa en estar en el mundo contemporáneo, siempre dispuestos a
enfrentarnos con este y a recoger sus desafíos, sin ser de este mundo,
perteneciendo a otra raza, a otro estilo, ligados a otros mitos y a
otros valores. Sólo así se puede escapar de dos comportamientos
especulares pero igualmente peligrosos: el ansia de tomar posición, de
participar, de ser recuperados por el Sistema y admitidos en la
discusión entre las “personas civiles” y el opuesto repliegue a debates
esotéricos e insignificantes, todos internos a un micro-ambiente aislado
del mundo.
Después
de todo, la misma Nouvelle Droite, aunque aquí se la ha tomado como
ejemplo positivo, no ha aplicado esta estrategia más que de manera
parcial, limitándose al discurso cultural y filosófico, casi como si una
idea por sí misma innovadora resultase revolucionaria por el mero hecho
de ser dicha. La elaboración ideológica en sentido estricto, sin
embargo, ha de integrarse en una acción global y diversificada más
ambiciosa y de mayor alcance, aunque al mismo tiempo más humilde y
concreta.
El
mito se afirma con todos los lenguajes posibles, también y sobre todo
con el del ejemplo y el de la acción, afirmando cotidianamente una
presencia activa en la sociedad y sobre el terreno; presencia que, de
vez en cuando, no sirva para reclamar una comisión o una poltrona sino
que sea, al contrario, la demostración concreta de que la alternativa es
posible. Sólo madurando la capacidad de mantener y afirmar tal
presencia en el corazón de la sociedad podremos arrancar de las indignas
manos del carro new-global el monopolio del pensamiento alternativo,
atrayendo por consiguiente hacia nuestro campo todas las institividades
de rebelión y los conatos de revuelta, tratando así de “dar forma” y de
movilizar conscientemente tales sentimientos expresados hasta ahora sólo
en estado bruto. Tan sólo este esfuerzo constante en dirección hacia
una apertura al mundo contemporáneo puede permitirnos hablar el
verdadero lenguaje del mito, que por su naturaleza es siempre provocador
(pro-vocare, es decir, etimológicamente, “llamar fuera”, es decir,
invitar, desafiar, tentar, excitar, incitar; en una palabra: movilizar).
La
alternativa es la cerrazón orgullosa en un ghetto que se cree
comunidad, en una secta que se cree aristocracia, fuera del mundo y de
los desafíos de la contemporaneidad, eternamente tarde en la historia,
por todos mal conocidos e ignorados antes incluso que condenados y
proscritos.
A nosotros nos corresponde la elección.
* * *
[i] Jacques Derrida, La struttura, il segno e il gioco nel discorso delle scienze umane, in La scrittura e la differenza, Einaudi, Turín 2002.
[ii] Cfr Giorgio Locchi, Wagner, Nietzsche e il mito sovrumanista, Akropolis, Roma 1982.
[iii] Cfr. Armin Mohler, La Rivoluzione Conservatrice in Germania 1918-1932. Una guida, Akropolis/La Roccia di Erec, Florencia 1990.
[iv] Stefano vaj, Introducción alla prima edizione de Il Sistema per uccidere i popoli di Guillaume Faye (SEB, Milán 1997).
[ii] Cfr Giorgio Locchi, Wagner, Nietzsche e il mito sovrumanista, Akropolis, Roma 1982.
[iii] Cfr. Armin Mohler, La Rivoluzione Conservatrice in Germania 1918-1932. Una guida, Akropolis/La Roccia di Erec, Florencia 1990.
[iv] Stefano vaj, Introducción alla prima edizione de Il Sistema per uccidere i popoli di Guillaume Faye (SEB, Milán 1997).
Tratto da Orion n° 228, settembre 2003.
Fuente: Centro Studi La runa
Encontrado en La Otra Europa
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