Las cerezas, la velocidad, el tocino, el depósito de agua y el saludo brazo en alto
Es poco original, aunque
acertado, decir que de la Red salen las informaciones como las cerezas
de la cesta, encadenadas, lo que propicia encuentros y, a veces,
encontronazos. Así, indagando sobre un viejo relato, conocido en España
como “El Mercado”, originalmente “La Parábola del Depósito de Agua”,
escrito por un socialista utópico norteamericano, protestante, que se
utilizaba hace la friolera de cuarenta años, por su virtud explicativa,
como medio de formación para jóvenes militantes, aparece el texto
buscado, y también lo que no se pretendía: que su autor, Edward Bellamy,
era primo de Francis Bellamy, otro candoroso socialista cristiano que
está en el origen, nadie se sorprenda -o sí- de la difusión del saludo
brazo en alto.
Para quien tenga curiosidad, el cuento, feroz y al tiempo sencilla crítica del capitalismo, está en http://www.vozobrera.org/documentos/El_Mercado.pdf.
Lo publicó en España Editorial ZYX, una iniciativa de cristianos con
acusada sensibilidad social, humanamente muy vecinos, políticamente, en
galaxias distantes, fundada en 1963 con el estímulo de Guillermo
Rovirosa, militante obrero que vivió y murió con fama de santidad,
cobijo de la izquierda no marxista, empeño al que arrimaron el hombro
algunos personajes que, con los años, no serían parcos en frutos a la
Iglesia, un tal Kiko Argüello, ni más ni menos que el animador que sería
del “Camino Neocatecumenal”, un tal José-Miguel Oriol, que acabaría
siendo pieza de soporte de “Comunión y Liberación” en España. De paso,
encontraron allí posada algunos textos de matriz falangista, como
“Europa como evasión e Iberoamérica como revolución” y “Desarrollo
Sindicalista”, de José-Luis Rubio, también lecturas de docencia política
en aquella juventud tan lejana. Cerezas de la cesta.
Todo esto viene al caso porque
el primo del autor del cuentito aludido, Francis, pastor baptista, fue
quien, en 1892, redactó y promovió el “Juramento de Lealtad”, el “Pledge
of Alliance”, que se hizo ritual en instituciones y colegios
norteamericanos, hasta hoy, para homenajear a la bandera de la Unión,
con el designio entonces de dar cohesión a una nación que sufría todavía
los desgarrones de su guerra civil. Lo que no ha durado hasta hoy es el
gesto, que asimismo se hizo oficial, con que se debía saludar a la
bandera cada mañana, al tiempo que se recitaba el juramento: con el
brazo derecho extendido en ángulo de cuarenta y cinco grados y la palma
abierta, saludo del que no faltan testimonios gráficos:
Con el así llamado saludo
Bellamy, mostraron su respeto a la bandera de las barras y las estrellas
generaciones de norteamericanos, escolares de todas las clases, razas y
edades, mientras proclamaban “Juro lealtad a mi bandera y la República
que representa, una nación indivisible, con libertad y justicia para
todos”: fórmula que sufriría un par de mudanzas, hasta convertirse en la
actualmente usada: “I pledge allegiance to the Flag of the United
States of America, and to the Republic for which it stands: one Nation
under God, indivisible, with Liberty and Justice for all”, “juro lealtad
a la bandera de los Estados Unidos de América y a la República que
representa, una nación bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia
para todos”. Su uso se mantuvo hasta los albores de la guerra mundial,
en que, queriendo evitar confusiones que se reputaron ingratas, el
presidente Franklin D. Roosevelt, con la aprobación del Congreso, lo
sustituyó por el saludo con la mano derecha sobre el corazón,
actualmente vigente.
En una curiosa fotografía de 1940, se ve que todavía saludaban brazo extendido los diplomáticos norteamericanos acreditados en Madrid, en la visita navideña que giraron a una guardería de Vallecas.
Aunque anterior en el tiempo, no
hay certeza de que el saludo Bellamy fuera antecedente directo del que
se llamó “saludo de Joinville”, tomando el nombre del batallón francés
de la Escuela Normal Militar de Gimnasia, que se hizo parte del ritual
olímpico en 1920, en los Juegos de Anvers, en Bélgica.
Fue el saludo olímpico motivo del cartel francés de los Juegos de París de 1924.
En la Olimpíada berlinesa de
1936 desfilaron usando este saludo las delegaciones de muchos países, no
todos, que ya escocía la identidad con el que había adoptado el partido
político que entonces gobrernaba Alemania. De aquella guisa saludó, por
ejemplo, la representación de deportistas canadienses.
El
gesto estaría en vigor hasta que el Comité Olímpico Internacional
decidiera revocarlo el tardío 3 de septiembre de 1946, por decisión de
su Comisión Ejecutiva, invocando razones estrictamente políticas.
Aunque asimismo posterior al
olímpico, no hay constancia que el ademán con que se distinguieron
Gabriel D’Annunzio y sus voluntarios en la empresa de la conquista de
Fiume, trajera causa de aquél. Lo que está, sí, a la vista, es que los
granaderos que le siguieron, enemigos de la victoria mutilada que era la
pérdida de aquella ciudad para Italia, hacían gala del saludo brazo en
alto, que, por sintonía tomó luego como propio el fascismo mussoliniano,
como también tomó el título de “Duce”, que D’Annunzio se había
atribuido en aquel empeño.
Que no haya evidencia de que el
saludo oficial norteamericano fuera antecedente del olímpico, ni que
éste lo fuera del de los irredentistas de Fiume, no impide hacer
conjeturas sobre la relación que pudieran guardar.
La verdad es que el saludo con
el brazo en alto y la mano extendida se diría casi connatural al ser
humano, que identificarse en señal de paz, desde lejos, mostrando ir
desarmado, es gesto espontáneo, que se halla en culturas, situaciones e
imágenes diversas. Y las hay en que saludan con desenvoltura, alzando el
brazo, personajes muy distintos y muy distantes, como, por ejemplo, el
dictador comunista Mao Zedong, el obispo progresista Dom Hélder Câmara,
el caudillo separatista catalán Artur Mas, o –con aire muy bizarro- los
reclutas de Hezbollah.
La retórica del ventenio llamó
al saludo “romano”, queriendo ver en él un gesto de la gloriosa Roma
antigua. Pero no es cosa que esté tampoco demasiado clara. No abundan
las imágenes; se dice que las hay en la columna trajana, que quien esto
escribe no ha encontrado, y otras en que se quiere ver ese ademán, como
la del Marco Aurelio que cabalga eternamente en la colina del Capitolio,
la florentina del Arringatore, la vaticana de Cesar Augusto, se pueden
interpretar más como gesto campechano que como ademán regular o marcial.
Cosa de otros tiempos, algún camarada guasón despedía sus cartas con
“un saludo a la romana, como los calamares”.
Romano o no, Giménez Caballero,
sin aducir prueba que lo acredite, quiere saber que el saludo lo habían
copiado los legionarios romanos de los guerreros iberos. Si a él le
parece… Aunque, si no romano, el gesto es neoclásico, “romanista”, en el
sentido de que, lo fuera o no, como tal se quiso ver.
Coetáneos a la Revolución Francesa son algunos cuadros que evocan el saludo brazo en alto como romano, que es el caso del “Juramento de los Horacios”, pintado en 1784 por Jacques-Louis David.
Otros, del mismo pintor,
representan a contemporáneos suyos en el mismo ademán, como en “El
Juramento del Juego de Pelota”, de 1789, o “La distribución de las Águilas por Napoleón”, de 1810.
¿Estará en esos cuadros
neoclasicistas la inspiración del americano “saludo Bellamy” y
sucesivos? Pudiera ser. O no. Tendría guasa que los de Hezbollah
estuvieran haciendo un saludo yanqui.
Cerezas de la cesta.
Yusuf ibn-al-Rahmán
Fuente: Hispaniainfo

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