jueves, 23 de mayo de 2013

...y el saludo brazo en alto

Las cerezas, la velocidad, el tocino, el depósito de agua y el saludo brazo en alto

Es poco original, aunque acertado, decir que de la Red salen las informaciones como las cerezas de la cesta, encadenadas, lo que propicia encuentros y, a veces, encontronazos. Así, indagando sobre un viejo relato, conocido en España como “El Mercado”, originalmente “La Parábola del Depósito de Agua”, escrito por un socialista utópico norteamericano, protestante, que se utilizaba hace la friolera de cuarenta años, por su virtud explicativa, como medio de formación para jóvenes militantes, aparece el texto buscado, y también lo que no se pretendía: que su autor, Edward Bellamy, era primo de Francis Bellamy, otro candoroso socialista cristiano que está en el origen, nadie se sorprenda -o sí- de la difusión del saludo brazo en alto.
Para quien tenga curiosidad, el cuento, feroz y al tiempo sencilla crítica del capitalismo, está en http://www.vozobrera.org/documentos/El_Mercado.pdf. Lo publicó en España Editorial ZYX, una iniciativa de cristianos con acusada sensibilidad social, humanamente muy vecinos, políticamente, en galaxias distantes, fundada en 1963 con el estímulo de Guillermo Rovirosa, militante obrero que vivió y murió con fama de santidad, cobijo de la izquierda no marxista, empeño al que arrimaron el hombro algunos personajes que, con los años, no serían parcos en frutos a la Iglesia, un tal Kiko Argüello, ni más ni menos que el animador que sería del “Camino Neocatecumenal”, un tal José-Miguel Oriol, que acabaría siendo pieza de soporte de “Comunión y Liberación” en España. De paso, encontraron allí posada algunos textos de matriz falangista, como “Europa como evasión e Iberoamérica como revolución” y “Desarrollo Sindicalista”, de José-Luis Rubio, también lecturas de docencia política en aquella juventud tan lejana. Cerezas de la cesta.
Todo esto viene al caso porque el primo del autor del cuentito aludido, Francis, pastor baptista, fue quien, en 1892, redactó y promovió el “Juramento de Lealtad”, el “Pledge of Alliance”, que se hizo ritual en instituciones y colegios norteamericanos, hasta hoy, para homenajear a la bandera de la Unión, con el designio entonces de dar cohesión a una nación que sufría todavía los desgarrones de su guerra civil. Lo que no ha durado hasta hoy es el gesto, que asimismo se hizo oficial, con que se debía saludar a la bandera cada mañana, al tiempo que se recitaba el juramento: con el brazo derecho extendido en ángulo de cuarenta y cinco grados y la palma abierta, saludo del que no faltan testimonios gráficos:
Con el así llamado saludo Bellamy, mostraron su respeto a la bandera de las barras y las estrellas generaciones de norteamericanos, escolares de todas las clases, razas y edades, mientras proclamaban “Juro lealtad a mi bandera y la República que representa, una nación indivisible, con libertad y justicia para todos”: fórmula que sufriría un par de mudanzas, hasta convertirse en la actualmente usada: “I pledge allegiance to the Flag of the United States of America, and to the Republic for which it stands: one Nation under God, indivisible, with Liberty and Justice for all”, “juro lealtad a la bandera de los Estados Unidos de América y a la República que representa, una nación bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos”. Su uso se mantuvo hasta los albores de la guerra mundial, en que, queriendo evitar confusiones que se reputaron ingratas, el presidente Franklin D. Roosevelt, con la aprobación del Congreso, lo sustituyó por el saludo con la mano derecha sobre el corazón, actualmente vigente.
En una curiosa fotografía de 1940, se ve que todavía saludaban brazo extendido los diplomáticos norteamericanos acreditados en Madrid, en la visita navideña que giraron a una guardería de Vallecas.
Aunque anterior en el tiempo, no hay certeza de que el saludo Bellamy fuera antecedente directo del que se llamó “saludo de Joinville”, tomando el nombre del batallón francés de la Escuela Normal Militar de Gimnasia, que se hizo parte del ritual olímpico en 1920, en los Juegos de Anvers, en Bélgica.
Fue el saludo olímpico motivo del cartel francés de los Juegos de París de 1924.
En la Olimpíada berlinesa de 1936 desfilaron usando este saludo las delegaciones de muchos países, no todos, que ya escocía la identidad con el que había adoptado el partido político que entonces gobrernaba Alemania. De aquella guisa saludó, por ejemplo, la representación de deportistas canadienses.
El gesto estaría en vigor hasta que el Comité Olímpico Internacional decidiera revocarlo el tardío 3 de septiembre de 1946, por decisión de su Comisión Ejecutiva, invocando razones estrictamente políticas.
Aunque asimismo posterior al olímpico, no hay constancia que el ademán con que se distinguieron Gabriel D’Annunzio y sus voluntarios en la empresa de la conquista de Fiume, trajera causa de aquél. Lo que está, sí, a la vista, es que los granaderos que le siguieron, enemigos de la victoria mutilada que era la pérdida de aquella ciudad para Italia, hacían gala del saludo brazo en alto, que, por sintonía tomó luego como propio el fascismo mussoliniano, como también tomó el título de “Duce”, que D’Annunzio se había atribuido en aquel empeño.
Que no haya evidencia de que el saludo oficial norteamericano fuera antecedente del olímpico, ni que éste lo fuera del de los irredentistas de Fiume, no impide hacer conjeturas sobre la relación que pudieran guardar.
La verdad es que el saludo con el brazo en alto y la mano extendida se diría casi connatural al ser humano, que identificarse en señal de paz, desde lejos, mostrando ir desarmado, es gesto espontáneo, que se halla en culturas, situaciones e imágenes diversas. Y las hay en que saludan con desenvoltura, alzando el brazo, personajes muy distintos y muy distantes, como, por ejemplo, el dictador comunista Mao Zedong, el obispo progresista Dom Hélder Câmara, el caudillo separatista catalán Artur Mas, o –con aire muy bizarro- los reclutas de Hezbollah.
La retórica del ventenio llamó al saludo “romano”, queriendo ver en él un gesto de la gloriosa Roma antigua. Pero no es cosa que esté tampoco demasiado clara. No abundan las imágenes; se dice que las hay en la columna trajana, que quien esto escribe no ha encontrado, y otras en que se quiere ver ese ademán, como la del Marco Aurelio que cabalga eternamente en la colina del Capitolio, la florentina del Arringatore, la vaticana de Cesar Augusto, se pueden interpretar más como gesto campechano que como ademán regular o marcial. Cosa de otros tiempos, algún camarada guasón despedía sus cartas con “un saludo a la romana, como los calamares”.
Romano o no, Giménez Caballero, sin aducir prueba que lo acredite, quiere saber que el saludo lo habían copiado los legionarios romanos de los guerreros iberos. Si a él le parece… Aunque, si no romano, el gesto es neoclásico, “romanista”, en el sentido de que, lo fuera o no, como tal se quiso ver.
Coetáneos a la Revolución Francesa son algunos cuadros que evocan el saludo brazo en alto como romano, que es el caso del “Juramento de los Horacios”, pintado en 1784 por Jacques-Louis David.
Otros, del mismo pintor, representan a contemporáneos suyos en el mismo ademán, como en “El Juramento del Juego de Pelota”, de 1789, o “La distribución de las Águilas por Napoleón”, de 1810.
¿Estará en esos cuadros neoclasicistas la inspiración del americano “saludo Bellamy” y sucesivos? Pudiera ser. O no. Tendría guasa que los de Hezbollah estuvieran haciendo un saludo yanqui.
Cerezas de la cesta.

Yusuf ibn-al-Rahmán
 Fuente: Hispaniainfo

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