Qué lejos quedan aquellos días donde se veían las calles de
ciudades y pueblos repletas de niños practicando las más diversas actividades,
actividades enriquecedoras ya sean desde el punto de vista físico o aquellas
que potenciaban el ingenio y la imaginación.
Grandes pandillas de niños y niñas alborotaban los parques y
las plazas de cualquier población creando unos fuertes lazos de amistad y
comunidad, enseñando a los chavales a crecer, a ir madurando poco a poco, conociendo
las maldades y bondades de la vida, las marcas de las caídas, partidos de
fútbol “a vida o muerte”, peleas desencadenadas por cualquier nimiedad, las
primeras miradas furtivas hacia ese primer amor, las siempre presentes
reprimendas de las madres y así multitud de ejemplos que iban labrando la
personalidad de esos pequeños infantes.
Se volvía a casa de otra manera, se vivía de otra manera, se
conocían los nombres de los amigos, de sus padres, donde vivían, se quedaba a
una hora y todos los niños trataban de ser puntuales, se pasaba de camino al
parque por las casas de los amigos para irlos recogiendo y acudiendo cual
equipo hasta el punto de quedada.
Ahora, ahora todo ha cambiado, todo eso se ha perdido, la
mayoría de los niños, consentidos ellos, viven en un mundo irreal e impersonal
donde predomina el que tiene el último modelo de consola o de teléfono móvil, malgastan
su tiempo encerrados en sus habitaciones mientras se “comunican” virtualmente con
sus amigos. Cómo ha cambiado el mundo, el sistema nos crea unas necesidades
superfluas para ya desde pequeños convertirnos en consumidores, en cifras, en
un número que se puede eliminar a golpe de ratón.
Por eso cada vez que paso por un parque o plaza y veo
algunos pequeños jugando a esos viejos juegos, alborozando todo lo que está a
su alrededor, no puedo sino sentir añoranza por esos tiempos cuándo alegre y
tranquilamente nos dirigíamos a pasar la tarde con nuestros primeros amigos de corredurías.

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