Sabemos de sobra que la huelga
es una protesta legítima de los trabajadores, pero sabemos también que
sin una conciencia política clara será sólo eso: una protesta, que en
general tendrá el límite del escaso poder que tienen los trabajadores en
un sistema que va en contra los trabajadores. Son huelgas que tienen
por techo un sistema político y económico blindado.
Recuerdo el tramo de un discurso
del asesinado líder de la CGT Argentina durante el último gobierno del
general Perón, José Ignacio Rucci, que en la última parte de la
resistencia peronista, decía si mal no recuerdo lo siguiente: -“El
objetivo del movimiento obrero organizado es el retorno del general
Perón y la toma del poder por parte del Movimiento Nacional
Justicialista”. Algo así sirve para desmentir de plano la estupidez sin
límites de que los sindicatos deben ser apolíticos, que no deben actuar
en política. Los sindicatos no deben ser un partido ni de un partido,
pero que no se comprometan con un proyecto nacional es la garantía de su
inutilidad, a no ser para regular ciertos conflictos de un modo
ordenado, en general para ganancia de sus dirigentes y del propio
sistema que nos oprime.
En realidad toda la razón de ser
de un sindicato es fortalecer a los trabajadores como columna vertebral
de la nación y del movimiento nacional. Y eso ocurre solamente de dos
formas:
La
primera, es que formen parte de un verdadero proceso nacional
revolucionario –pongo de ejemplo el período 1946-1955 en la Argentina- y
la segunda, es que encabecen un proceso de resistencia nacional
revolucionaria, cuando el gobierno no responde a un proyecto compartido o
surgido de los mismos trabajadores –pongo de ejemplo en este caso el
período entre el 1955-1974 en ese mismo país-. Esas son las dos únicas
formas en que un sindicato se justifica por sus fines. Todo lo demás es
negocio o mentira.
Si
los sindicatos forman parte o están en componenda con un gobierno
antinacional y antiobrero, perjudican a la nación y a los trabajadores.
Si no forman parte de un gobierno de ese tipo pero tampoco resisten, no
pueden justificar asimismo su existencia.
Esto que parece tan sencillo, es
una conclusión obtenida después de años de ver pasar historia y
sindicatos, y no digo que no pueda equivocarme por supuesto, pero la
experiencia hasta ahora me ha convencido de lo que afirmo.
Pocas
estructuras sindicales son tan fuertes como las argentinas, sin embargo
lo que no pudo la represión de dictaduras antinacionales, lo pudo el
manejo de poder y de multimillonarias obras sociales por los sindicatos.
La entrega del país no podría haberse llevado a cabo del mismo modo,
sin la colaboración de los sindicatos. Y en todo caso los que se
opusieron -si es que era totalmente cierta esa oposición- se encontraron
con el límite claro de su falta de poder político. No está mal mirarse
en ese espejo, porque lo que pasa hoy en Europa se le parece mucho. Es
que nos encontramos ante un proceso global, y tarde o temprano las
recetas son similares.
No
digo que esté mal que los sindicatos tengan mucho poder sino al
contrario, pero por fuera de una sólida y acertada conducción política y
de una dinámica interna que garantice cierta renovación y control por
parte de las bases, lo que obtendremos serán grandes organizaciones
funcionando como una bisagra más del sistema, que es justamente lo que
hoy ocurre en la mayoría de los países del denominado Occidente.
La oposición romántica de
algunos ideólogos trotskistas, comunistas (¿Quedan todavía comunistas?),
anarquistas, etc., no hace sino crear irreales válvulas de escape del
todo intrascendentes fuera del marco preciso de la realidad nacional,
del movimiento nacional, de la lucha en medio del realismo social,
político, cultural e identitario del propio pueblo, de la propia
comunidad de pertenencia. Por eso se permite e incluso se fomenta ese
tipo de oposición. No sea cuestión que surja otra opción por fuera de la
dialéctica superficial, aburrida y funcional al sistema, la verdadera
opción: nacional, social, revolucionaria, organizada.
Juan Pablo Vitali

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